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La importancia de la Obstinación en el Sindicato y el Gremio Educativo

He escuchado por ahí el comentario de que las luchas sociales son inútiles, que a las personas sólo le importan sus propias chacritas, que la gente es ingrata, ciega, sorda y muda. Son quejas frecuentes, son esas trampas en las que uno puede caer y nunca más levantarse.

Sin embargo, considero que, si fuera por eso, nunca hubiéramos conseguido las metas alcanzadas por generaciones previas, fines que nadie brinda gratis de buena voluntad sin el arrojo de generaciones fuertes y comprometidas con causas populares, pero poco comprendidas.

En retrospectiva es fácil decir que es mejor tener una industria que importar bienes más baratos, porque antes tuvimos industria y la perdimos en el nombre del libre mercado y el MERCOSUR. También es fácil decir que precisamos más presupuesto en educación, cuando se sub-ejecutan partidas presupuestarias en nombre de la eficiencia económica. Es difícil ver razones sin espejo retrovisor.

Ejercer liderazgo implica tomar decisiones, muchas veces decisiones equivocadas, porque de lo contrario se cae en el inmovilismo, y en la práctica de deliberar sin sentido por el tiempo suficiente para perder toda iniciativa. Un ejemplo claro de este inmovilismo son las reformas educativas en los 15 años anteriores al gobierno del Partido Nacional. Fueron años perdidos, con horas perdidas, con oportunidades perdidas.

En este último período cambiamos eso por decisiones tomadas de forma apresurada, a menudo con errores, a menudo con horrores, pero con una dirección clara a favor de la profesionalización docente a cualquier precio, muchas veces pasando por encima de una dirigencia gremial demasiado ocupada mirándose el ombligo y culpándose a sí misma por perder a los docentes en los años anteriores. Una dirigencia frecuentemente más preocupada en el cálculo político partidario que en la lucha sindical.

La herramienta de la lucha sindical es un cuchillo suizo, repleto de estrategias para alcanzar distintos logros, el único al que aspiro es a un movimiento serio que tenga fines puramente sindicales, un sindicato en el cuál la dirigencia haga lo que le corresponde a un sindicato:

Ser amargo con las autoridades cuando los mandos medios y altos pretendan imponer medidas sin consulta con los docentes; amargo hasta la movilización con pancartas afuera del liceo, en lugar de quedarse en la casa a tomar un mate cuando la filial de Montevideo lo dicta.

Amargo cuando las autoridades comienzan a apretar a los docentes de forma individual, responder con solidaridad real a los desafíos de los mandos, más que consignas patéticas, repletas de eufemismos vacíos de sustancia. Cuando las direcciones aprieten, hay que devolver la apuesta.

Amargo cuando la política se inmiscuya en la educación, porque es intolerable que vengan a hablar los prescientes de siempre, que desconocen la tarea educativa, enunciando disparates sin haber estado jamás delante de un grupo de clase, en los corredores de una institución, en las salas de profesores o de maestros.

Amargo cuando los supuestos compañeros se acomodan con las autoridades para obtener réditos directos, porque eso es sindicalismo amarillo con todas las letras, entreguismo y colaboracionismo de la especie más rancia, sobran los ejemplares de quienes tiran cháchara en las reuniones sólo para entregar al resto ante las autoridades de turno cuando les dan la espalda.

En definitiva, yo soy nacionalista, blanco de cuarta generación como mínimo, y me repugna hacer de maestro ciruela, menos aún con gente sindicalizada; me repugna aún más recordarles a esos mismos docentes que tienen que dar el ejemplo, y reflexionar sobre quién es un compañero, y quién es un auténtico carnero con todas las letras. Los conocerán por sus frutos, el que se queda en su casa tomando un matecito el ‘día de paro’, ¿es compañero? ¿es ese el alcance mínimo suficiente para ser sindicalista?

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