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Si, me considero Resentido

¿Cuándo fue suficiente para alguien un plato de comida? ¿Cuándo fue suficiente un empleo? ¿Cuándo fue suficiente un hogar con techo, suelo firme, y ropa digna?

Según el último censo la pobreza de décadas pasadas es ahora una memoria distante, un espejismo que se desvanece, lejos quedaron los suelos de tierra, las bolsas de nylon, las aberturas cerradas con sábanas, y los techos de lata de los que me hablaba mi madre que vivió en su juventud.

Lejos quedaron las clases particulares de primaria para comprar el almuerzo, lejos quedó caminar a pie desde el molino hasta el Instituto Normal- ahora la mitad del Uruguay anda en auto, casi todos tenemos agua caliente con calefón, gran parte de la población vive con un aire acondicionado, leña en el invierno, gas en la cocina.

Por supuesto que existen quienes la ‘pasan mal’, quienes comen en los merenderos, pero en su gran mayoría, por hablar de quienes son de fray bentos, gozan de una salud relativamente buena mientras no les toque ir al médico. Existen quienes dependen de un patrón, de un jefe político, o de un capataz que les pague acorde a lo que sus talentos provean sin una plusvalía. Pero nadie está al albedrío del destino. Nadie es ajeno en su tierra.

Dado esto, es natural que me considere insatisfecho con las consignas que existen, conocidas y ajenas, me considero insatisfecho con el sinvergüencismo, me considero insatisfecho y resentido con la hipocresía, la falsedad y el cinismo de quienes sostienen a capa y espada que Uruguay está peor, cuando en los últimos 30 años Uruguay jamás ha perdido dignidad, es imposible perder lo que nunca se tuvo.

Ahora nos encanta levantar la bandera de la dignidad como si fuese un producto, o un atributo transable, fungible, que se obtiene de un día para el otro en lugar de una condición humana que hay que alcanzar. Una condición que todavía me resta por alcanzar, si es que la alcanzo en lo que me queda de vida.. lo único de lo que estoy seguro es que con dinero es imposible de comprar, con hacerse pasar que uno es buena persona es imposible de alcanzar, con buscar sobornar al resto de la gente con promesas vacías es imposible de alcanzar.

Por esos motivos rechazo tajantemente la etiqueta liberal, porque implica que sostengo un sistema de valores en el cuál se puede comprar la dignidad; rechazo la etiqueta progresista, porque implica que me puedo hacer pasar por alguien bueno para alcanzar la dignidad; rechazo la etiqueta de izquierdista, porque implica que puedo sobornar al resto de la gente con promesas huecas para alcanzar la dignidad.

Prefiero seguir persiguiendo la dignidad como los bichos persiguen la luz de la luna en la oscuridad, y se queman con la luz de las lámparas en la noche; con el consuelo de que las utopías que persigo son sólo eso: ideales inalcanzables que sin embargo persisto en perseguir sin ninguna duda porque rechazar ese deseo irracional es rechazar la condición necia de mi propia humanidad.

Dijera mi padre, ya difunto hace unos años: la diferencia se establece, nunca se hace. Los actos aislados carecen sentido político, una vida dedicada al estudio y a la práctica política es una vida que vale la pena sufrir, lamentar y celebrar únicamente cuando, a su final, la conclusión es digna.

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